[OPINIÓN] Fiestas Patrias: Nada que celebrar

El Perú llega al bicentenario de su independencia, con celebraciones militaristas como todos los fines de julio. Entretanto, arrastra las mismas fracturas sociales desde la época de la colonia y aún mantiene las deudas históricas con su propio pueblo, que sus fundadores no se preocuparon en saldar.

Virú o Pirú era el nombre que el conquistador español Francisco Pizarro escuchó que tenían las tierras al sur de los dominios de Panamá. Aquellas latitudes cuyo oro él y sus esbirros acompañantes ambicionaban saquear, a costa de atravesar a espada limpia a los habitantes que se les opusieran. La denominación de Perú siempre estuvo asociado con abundantes riquezas a disposición de quien careciera de los escrúpulos suficientes para apropiárselos.

Y no fueron ajenos a esta ambición los mismos gobernantes precolombinos, como los señores imperiales de Wari o Chimú a los que los peruanos originarios rendían tributo divino. Al momento de arribo de los invasores ibéricos, Huáscar y Atahualpa se enfrascaban en una guerra fratricida por la corona incaica.

Pero fue siempre el mismo pueblo el que tuvo que extraer los frutos de la tierra y el metal de sus entrañas, para que otros más poderosos se hagan más ricos. También, para construir los cimientos de una sociedad clasista basada en la indiferencia hacia la opresión del otro, aquel peruano proveniente de los rincones más alejados, en otros tiempos yanacona, siervo, esclavo y hoy cholo barato. Desde los obrajes virreinales, las mitas en las minas de Huancavelica, las islas de guano hasta las haciendas semifeudales de los pongos y los talleres textiles de Gamarra, donde los jóvenes peruanos son encerrados en nombre del crecimiento económico.

Los tesoros del Perú, siempre en la mira de nacionales y extranjeros, derraman la sangre de los más humildes. Como la de Quintino Cereceda, agricultor apurimeño, primer asesinado por el llamado gobierno de lujo de Pedro Pablo Kuczynski. Aquel presidente que, semanas antes de colocarse la banda presidencial, había viajado a China para negociar la mina Las Bambas, del mismo modo que en los sesenta y ochenta negociaba con norteamericanos las refinerías de petróleo.

Los campesinos están en la mira del extractivismo minero, que llegó junto con los conquistadores. Ese mismo extractivismo que hoy en día los mata y los considera terrucos por defender la agricultura que alimenta a Lima y otras urbes que ven los conflictos socioambientales como lejanos problemas regionales. Los gases tóxicos de los túneles de las minas virreinales donde morían envenenados los indios condenados a la mita, hoy son liberados por las transnacionales que destruyen los valles serranos, dejando tajos abiertos y mortales. Los habitantes de los Andes, siempre en defensa de la pachamama, aunque a la prensa no parezca importarle que mueran luchando por la vida.

La lejana Amazonía, ajena a las guerras entre incas y conquistadores, se convirtió en el botín del siglo XX. Caucheros y cazadores furtivos se batían a tiros con los indígenas que lanzaban flechas a los desconocidos. Fueron los predecesores de los mineros y taladores ilegales que llevan la muerte a la espesura de la selva, lejos del Estado cómplice. El bombardeo aéreo de Belaunde Terry para llevar el supuesto progreso de carreteras y el petróleo a los matsés, precedió al Baguazo que enlutó a awajún y wampis y a los tiroteos policiales de Pichanaki.

Las arenas de Villa El Salvador y  los cerros detrás del mercado La Parada, la carretera central en Vitarte con su música y las coloridas casas de los shipibos que se erguían en Cantagallo, han sido el nuevo destino de generaciones de migrantes. Huyendo de la violencia política y de la falta de oportunidades en el campo, llegaron a la céntrica Lima para conquistarla y transformarla en una amalgama de culturas, ante el desprecio y el clasismo siempre presente de los antiguos limeños. La discriminación hacia lo serrano y lo que provenga de los llamados conos se ha trasladado desde las antiguas clases sociales pudientes hacia nuevas generaciones, que lamentablemente reniegan de su origen migrante. Incluso se acuñó el término huachafo en alusión a estos nuevos limeños que cometían la supuesta insolencia de ir adoptando modales urbanos.

Resulta más que evidente que las fracturas sociales y culturales del Perú, que de por sí requerirían múltiples ensayos para describirlas, dificultan la construcción de un nacionalismo peruano que los revolucionarios liberales quisieron crear en los años de la independencia. Entendiéndose a la patria como la tierra donde uno nace, pero además con el componente político e ideológico añadido, ligado a una supuesta obligación de lealtad al Estado que gobierna dichas tierras y a lo que éste representa. A lo largo de la historia republicana, resulta inexistente cualquier representatividad, siquiera relativa, de la voluntad de los distintos pueblos, culturas y naciones que existen en el Perú desde tiempos inmemoriales, ante las instituciones fundadas por esas mismas clases sociales y económicas que dominan el territorio desde el término del virreinato español. Instituciones fundadas para sustentar dicha dominación, dicho sea de paso. Cabe ahí la crítica a la idea del patriotismo que se celebra en estas fechas: se rinde tributo a una creación ideológica de criollos, terratenientes y hoy empresarios.

Los símbolos patrios no son más que parte de la parafernalia del Estado fallido que no representa a nadie aparte de los ricos. Una bandera bicolor, producto del sueño de un general argentino proveniente de una familia aristócrata acaudalada, que simplemente llegó a Pisco para asegurarse que el extinto virreinato peruano no constituyera una amenaza al régimen liberal que implantaba en el resto de Sudamérica. Un escudo nacional que contiene los recursos que son saqueados por extranjeros en complicidad con la burguesía local. Y un himno nacional que habla acerca de la libertad múltiples veces en sus siete estrofas, pero que fue estrenado en una función privada para vecinos notables, en la que habría sido inimaginable dejar entrar a un negro o a un indio.

Los uniformados que desfilan todos los veintiocho de julio por la avenida Brasil, pertenecen esas instituciones armadas que por ley defienden la llamada patria, y rinden homenaje al Estado que no es de todos los peruanos. “Sólo recibimos órdenes”, la eterna excusa para disparar a campesinos, para desaparecer a estudiantes y para silenciar a sindicalistas y a todo aquel que realmente defienda al pueblo. Cerca de una tercera parte de las víctimas mortales durante los veinte años de violencia política cayeron bajo las balas castrenses. Más de veinte mil peruanos inocentes, ultimados por las políticas asesinas de una institución que, lejos de pedir disculpas al pueblo, pretende que no se ofenda su honor con procesos judiciales que aún no terminan. Y faltaría contar a los que fueron fulminados por la Policía que dice que está para protegerlos y los muchos que siguen muriendo en las protestas del interior del país. Un uniforme verdaderamente mortuorio.

Fotos de Jai G. y Alan B.

La llamada patria, con su etimología latina relacionada a la tierra, pero finalmente proveniente de pater, es decir padre, no puede calzar mejor con el machismo de la sociedad peruana. Como un padre de ideas conservadoras y retrógradas, el Estado no hace sino negarles derechos a las mujeres, sobre todo si son indígenas. En los noventa, esterilizó a miles por una política racista y clasista de eugenesia social. Actualmente persigue a las defensoras medioambientales, como Máxima Acuña, en los verdes valles donde se impone la minería. El machismo, nefasta herencia católica presente en todos los estamentos sociales, vulnera a las mujeres señalándolas como culpables de la violencia sexual y feminicida que viven todos los días, impidiéndoles que decidan sobre sus propios vientres por un aborto libre, donde no se debe inmiscuir ni el Estado ni a Iglesia. Los cuerpos  y territorios de las mujeres peruanas son un constante campo de batalla.

La crisis de corrupción pareciera generar mayor indignación entre los ciudadanos que los muertos causados por el capitalismo y por la represión, pero indignación legítima al fin y al cabo. Es indudable que el desfalco de las arcas públicas y la negación de justicia y derechos humanos desfavorece a los más humildes. Empero, visualizar la corrupción como un mal aislado y particular, en lugar de entenderlo como un síntoma más de todo un sistema y un modelo de Estado asentado en la dominación económica y justificado por la retórica patriotera y seudo democrática, es el discurso chato de ciertos sectores políticos interesados en que dicho modelo permanezca renovando sus caras periódicamente. Muchos de estos grupos políticos, reformistas y liberales, enarbolan los símbolos patrios en las luchas populares, como si estos no fueran representativos del Estado que lleva desde sus orígenes intrínseca la corrupción que dicen combatir.

El fujimorismo, acaso el peor sector político que pudiera haber llegado al poder en los últimos tiempos, condensa todos los males republicanos: autoritarismo, corrupción, latrocinio, privatización, muerte, represión, negacionismo, ignorancia y un larguísimo etcétera. No obstante, en la orilla opositora al fujimorismo encontramos a muchos de los herederos de esos mismos males que acompañan al Perú a lo largo de su vida independiente. Explotadores, liberales, militaristas, pro mineros, represores y muchos otros que también desean que las cosas sigan igual, pero sin un Fujimori en el sillón presidencial, no le hacen ningún favor a las protestas del pueblo contra la dictadura de los noventa. Ejemplos sobran, como esos que propusieron el voto crítico por el mal menor en el 2016, en lugar de proponer la lucha frontal contra la opresión que igual siguen sufriendo los más pobres, muy al margen del resultado de las urnas. Una oposición burguesa tan elitista como el autoritarismo que dicen combatir.

El llamado emprendedor, aquel empresario pudiente de humildes orígenes que supuestamente mueve el país, concepto comercial de origen francés, no puede ser una mejor justificación para la miseria laboral de miles de peruanos. Como si provenir de cuna pobre fuera excusa para vivir del trabajo ajeno, se aplaude a los emprendedores por hacer patria,  mientras encierran a sus hermanos trabajadores en contenedores para que no paren de producir o les dicen que tienen que tienen que pagar derecho de piso para poder ser alguien en el país de la cultura del vivo.

La marca Perú, el eslogan publicitario lanzado en el 2011 que demuestra cómo ha logrado el capitalismo fijarse en la mente de todos, reduce siglos de historia de lucha, de cultura, de reivindicaciones y de sentimientos colectivos, en un simple producto para ser envasado y exportado. La apropiación cultural de las comidas de las tres regiones, de las artesanías y de las expresiones artísticas, sirviendo a una industria a la que poco le importa los destinos de los pueblos herederos de esa cultura milenaria. Los niños de las altas punas mueren todos los años de frío y desnutrición, mientras en Europa se elogia las propiedades alimenticias de la quinua y las abrigadoras prendas de alpaca.

El veintiocho de julio, las empresas y los aparatos propagandísticos del Estado conminarán a celebrar la peruanidad, como han venido alentando a la selección de fútbol en un país donde el acceso a la práctica del deporte para los jóvenes se va privatizando. Las pantallas televisivas transmitirán el desfile, como si defender al Estado corrupto y explotador fuera un mérito por parte de militares y policías represores.

En el aniversario de la expulsión del virreinato español del Perú, cabría homenajear a otros verdaderamente luchadores. A los ronderos que combatían a Sendero con armas maltrechas cuando los efectivos del Ejército cometían crímenes. A los estudiantes de universidades públicas que luchan por su derecho a la educación gratuita mientras se les llama terrucos y se privatizan sus derechos. A los maestros de escuelas rurales que marchan hasta Lima por la educación de los más pobres. A los trabajadores que no agachan la cabeza cuando el patrón los amenaza con despedirlos por sindicalizarse. A los campesinos que labran la tierra con amor y se enfrentan al poder de las mineras y sus tajos asesinos. A los indígenas que preservan su cultura contra el olvido y la estigmatización del Estado racista. A los familiares de los miles y miles de desaparecidos durante los años de horrible guerra interna, que siguen buscando justicia. A las mujeres que reafirman que sus cuerpos y sus territorios son de ellas y de nadie más. A la comunidad LGTB que busca visibilizarse para que no los discriminen y los maten impunemente. A los jóvenes, hijos de migrantes, que enfrentan en sus barrios todos los días la criminalización por parte de la Policía. A los que quieren luchar en las calles pero no pueden porque primero tienen que luchar contra la pobreza que los ataca.

A todos ellos. Y a ellos no se les homenajea con una celebración, con un mitin o con un desfile, sino con una protesta contundente, como la que conquistó las ocho horas peruanas, la que tumbó a Morales Bermúdez o la que se trajo abajo a Fujimori. De esas que muchos extrañan.

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Alan Benavides

Terminé Periodismo, fotografío protestas y escribo sobre conflictos sociales. No me gusta ningún gobierno, ni autoritarios ni represores, ni ningún poder económico.