Despenalización del aborto: Para todas y en todas sus causales

Cuando se habla del aborto en Latinoamérica y el Caribe, las cifras suelen acompañarse de frases como: “Al menos”, “Supera la cifra de”, “Se estima”. Los datos inciertos son los más seguros, puesto que todo se maneja en la clandestinidad. Se estima que en el 2014 murieron en la región al menos novecientas mujeres por haber interrumpido su embarazo. Ellas no tomaron más riesgos que el común denominador, recurrieron a tales prácticas de la forma más habitual: sin ningún tipo de fiscalización ni de garantía.

El Informe Nacional sobre el Avance en la Implementación del Consenso de Montevideo sobre Población y Desarrollo, publicado por el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables, sostiene que en el 2016 los abortos practicados en el país – legales y no legales – ascendieron los 31 174. Líneas después certifica que los avalados por el Estado fueron tan solo trescientos once, menos del uno por ciento.

Este veintiocho de septiembre se cumplen veintiocho años desde que se instauró el Día de la Despenalización del Aborto en América Latina y El Caribe, durante el V Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe. En esos días, la necesidad de fijar un día especial fue estratégico: tener una fecha en la que se hicieran los balances generales de las acciones realizadas por parte de los colectivos de mujeres en la región alrededor de esta lucha -difusión, concientización, propuestas legislativas – y para compartir experiencias con el fin de crear sinergia y hacer de aquella demanda una sola. Por otro lado, el día escogido -propuesto por la delegación brasileña partícipe en dicha reunión de 1990- estaba cargado de simbología; aludía al veintiocho de septiembre de 1888, cuando en Brasil se declaró la libertad de vientres, asegurando la libertad a todos los hijos nacidos de mujeres esclavas. Quedaba así en manifiesto el carácter de la reivindicación: feminista, de justicia social, democrática y popular. La consigna fue por un aborto legal, seguro y gratuito, para todas.

Actualmente, en el Perú la apuesta legislativa por el derecho al aborto es impulsada en el Proyecto de Ley 387/2016-CR, por las legisladoras de la bancada de Nuevo Perú, y se centra en su despenalización en casos de violación sexual, inseminación artificial o transferencia no consentida. Esta lucha fue levantada años atrás en la campaña Déjala Decidir, impulsada por distintas organizaciones y ONGs feministas. “En este caso se aumenta la causal de malformación del feto incompatible con la vida. Son cuatro causales, no solo tres, esa es la gran novedad del nuevo anteproyecto que estamos trabajando” indica Maria Ysabel Cedano, directora de Demus, ONG de defensa legal de la mujer.

Según el informe del ministerio ya mencionado, en el 2015 hubo 1 538 nacimientos provenientes de mujeres adolescentes con edades entre once a catorce años, y 24 049 nacimientos provenientes de mujeres adolescentes con edades entre quince a diecisiete años. Además, el documento da a conocer que el 12,7% de adolescentes del Perú se embarazó en el 2016, siendo las áreas selváticas y rurales las que concentran las mayores tasas –23,3% y 12,6% respectivamente. Llama la atención que tal situación alcance a un 23,9% de las adolescentes pertenecientes al quintil de mayor pobreza.

Otro dato importante derivado de la encuesta apunta a que el 65,5% de mujeres adolescentes entre quince y diecinueve años que se convirtió en madre en el 2016 resumió su intención reproductiva con las frases “No quería” o “Lo quería después”. Tales cifras han motivado a preguntarse si la lucha planteada por el movimiento feminista peruano está realmente reparando en los sectores de mujeres más pobres y vulnerables.

“Después [de abortar], entré a una terapia psicológica y se lo pude contar a mi madre. Ella quería denunciarlo, pero yo tenía miedo. Tenía miedo porque él en algún momento me dijo que si yo lo denunciaba, él me iba a denunciar por haber abortado. Yo no quería volver a verlo y bueno, estuve un año en terapia. A partir de ese episodio de mi vida he tenido mucho interés en querer ayudar a otras mujeres en esa situación; en querer abortar y no tener herramientas, plata ni nada por el estilo” cuenta una joven de dieciocho años, que prefiere ser llamada Ysabel para resguardar su privacidad, sobre lo que considera la experiencia que más ha marcado su vida.

“Realmente yo reconozco que creé un lazo muy fuerte con él. Lo busqué varias veces para ver qué hacíamos. Yo definitivamente no lo quería tener, pero no sé  por qué, tenía la ilusión de que si él quería hacerse cargo, podríamos tenerlo. Pero no” confiesa.

Tenía catorce años, estaba sola, no sabía cómo actuar y no tenía dinero. Quien sería el padre de su hijo, un hombre más de diez años mayor, apenas se enteró de su situación, le prohibió que lo buscase. Recuerda la sangre en todos lados, el dolor físico, pero sobre todo viene a su memoria el terror de que “se me haya complicado”, que algo haya salido mal, como en los innumerables casos que había leído en internet intentando informarse sobre lo que iba a hacerse.

“Lloraba al ver la sangre, retorcerme de dolor y no poder hacer nada. Si hubiera querido ir a un hospital, tendría que haberle dicho a mi mamá y toda la cuestión. Y de hecho mi mamá no sabía que yo tenía una relación con esta persona. Pero sobre todo, era el miedo que se enteren en el hospital y que me pase algo”.

“No tenía ni la menor idea de en qué me estaba metiendo. Sabía que el aborto no se practicaba en hospitales, pero no tenía ni idea de que estaba penado o de que había cierta criminalización”.

Ysabel acaba de someterse recientemente al mismo procedimiento de interrupción del embarazo, tras quedar encinta por una falla en el método anticonceptivo que usó junto a su nueva pareja. A diferencia de cuatro años atrás, esta vez no estuvo sola. Además de contar con su enamorado, encontró el apoyo de Serena Morena, una red de mujeres voluntarias que acompañan a sus pares en situaciones de aborto. Es a partir de esta plataforma que ella intenta contribuir con mujeres que pasan por el mismo escenario de desesperación y miedo.

Fotos de Jai G. y Alan B.

El colectivo Serena Morena – en su página oficial- explica la razón de su existencia; la tanta indiferencia del Estado peruano y el descompromiso de varios sectores organizados que “no les interesa hacerse cargo de una realidad como el aborto. Una realidad que afecta -hasta de forma mortal- a las mujeres”. Existen muchos otros grupos de acompañamiento de mujeres organizadas para dar seguridad con respecto al aborto. “Nadie nos apoya, entre nosotras lo debemos hacer” asegura Ysabel.

Cabe recordar que los artículos 114 y 115 del Código Penal peruano se refiere al aborto y establece, en los casos en lo que existe el consentimiento de la madre, penas de hasta dos años de cárcel para ella y hasta de cinco años para los involucrados que lo apliquen.

“El dilema que plantean los contrarios a un aborto libre distorsiona el debate completamente. Nosotras que abogamos por la despenalización del aborto, debemos encontrar la manera de sincerar el debate. Esta situación se trata entre decidir por un aborto legal o uno ilegal. Se legisla bajo y para la realidad, no para un sector de una iglesia” afirma Lucía, activista feminista de la Universidad Villarreal. Ve con malos ojos que desde el mismo feminismo se haya dado espacio a que los sectores religiosos se adjudiquen el rótulo de pro familia y pro vida sin casi ningún cuestionamiento de su parte. “Empiezan mintiendo, mintiendo y ganando. Lo hemos permitido”.

“Pedir la despenalización del aborto no significa odiar, ensañarse o burlarse del feto que está por nacer. Significa, contrariamente, no querer condenarlo, junto a la madre, a una vida difícil y sin oportunidades” prosigue Lucía. “Las compañeras y yo no abortamos con una sonrisa en el rostro, contrariamente a como nos caricaturizan. Pasa que a muchas de nosotras nos cuesta recuperarnos mentalmente después. Pero ante todo, seguimos firmes en la decisión de interrumpir el embarazo por sopesar panoramas”.

El aborto como política, en ningún los lugares en los que se ha permitido, ha sido planteado con el mero objetivo de acabar con la vida. La historia demuestra que diferentes países han llegado a despenalizar la interrupción del embarazo, teniendo al mismo tiempo una mirada en contra a la práctica y la meta de desincentivarlo.

El primer país en despenalizar el aborto fue la ex Unión Soviética, solo tres años después de la revolución de octubre, en 1920. De esta forma, se trataba lo que se consideraba como “un grave mal de la sociedad”, refiriéndose a los abortos clandestinos. El aborto permitido por la legislación soviética era el que se realizaba únicamente en hospitales, por un médico y sin fines lucrativos. La estrategia integral daba resistencia a la práctica mediante la concientización y la educación de medidas de protección de la maternidad e infancia.

“Al final de cuentas, ¿qué significa que el Estado despenalice el aborto, me pregunto, además de la lucha contra los negocios clandestinos del Atraso menstrual que muchas veces solo lucran con la desesperación de las mujeres?” insiste Lucía.

“El tema del aborto se relega en la agenda feminista porque nosotras estamos respondiendo siempre a la coyuntura y la coyuntura aquí en Lima y en todo el Perú es bien fuerte. Tenemos casos como el de Eyvi Ágreda o el de ahorita del aeropuerto. Los feminicidios ya están haciéndose públicos como una forma de amedrentar, ya se hace en el espacio público como una forma de manifestar crueldad y hacer ver a todas la misoginia y el odio. Es  por estar respondiendo a eso coyuntural que no da respiro” ensaya Claudia, activista del movimiento Ni Una Menos, quien comenzó a participar en espacios de mujeres a partir de los mediáticos casos de Arlette Contreras y Lady Guillén, víctimas de la violencia de género.

El proyecto de ley de las parlamentarias Huilca y Glave tampoco cuenta con el respaldo absoluto de todos los colectivos feministas, dado que pareciera apoyarse más en las citadas causales antes que en el derecho legítimo a elegir sobre sus cuerpos. Sin embargo, recientemente los casos emblemáticos de abuso y violencia contra las mujeres -Arlette Contreras, Eyvi Ágreda y Rosa Peralta Torres- han logrado animar a las mujeres organizadas a iniciar un debate interno. Hay un pequeño sector feminista que crece poco a poco con cada asamblea.

“Me parece muy importante este espacio que estamos dando, el primer espacio, que es debate entre feministas. Tenemos claro que los acuerdos se toman en consenso y que no hay acá ninguna líder del feminismo que dirija por todas” manifiesta una de las asistentas de la XVI Asamblea de Mujeres y Diversidades de Lima, que se celebra para coordinar las acciones por la despenalización del aborto.

“El cómo los abortos clandestinos afectan a las mujeres pobres y en situaciones más precarias, aún no se ha planteado en el debate nacional, por el simple hecho de que recién dentro de este espacio empezamos por hacerlo” manifiesta Romina, otra presente de la asamblea.

Fotos de Jai G. y Alan B.

La revisión a un feminismo de reacción aflora. “Debemos de hacer al feminismo un feminismo popular” se escucha. Diferentes mujeres consideran que Pañuelazo que dieron el último ocho de agosto frente a la embajada argentina en Lima, apoyando el proyecto de ley para despenalizarlo hasta las catorce semanas de embarazo, permitió ver que una nueva concepción se gesta en el país.

En dicho proyecto de ley -finalmente rechazado por el Senado-, las mujeres organizadas de Argentina realizaban las siguientes consideraciones: aborto libre hasta la semana catorce y más allá en caso de ciertos causales, plazo perentorio y no judicialización, cobertura por el sistema de salud, consentimiento de la mujer y  regulación del caso de madres adolescentes y personas con capacidad restringida.

“Hay una crítica dentro del movimiento feminista. Desde los espacios de coordinación veo eso. En el contexto del paro de trabajadoras mujeres, que comenzó hace dos años, yo fui parte  del equipo de coordinación, en las asambleas se puso en la mesa el cuestionarnos nuestros privilegios, el quién podía ir a estas asambleas. Porque asistir a asambleas es también un acto de privilegios: no todas pueden dar su tiempo libre a este tipo de organizaciones, no todas vivimos en el centro, muchas vivimos en las periferias de Lima”, esgrime una participante. “Debemos de descentralizar el movimiento feminista y organizarnos desde los barrios, desde los distritos. Debemos llegar justamente a esas mujeres que todavía no conocen el feminismo, por ejemplo, de organizaciones populares, del vaso de leche, las mujeres del mercado, las que no han tenido acceso a educación superior. Porque nosotras conocemos los conceptos de género, violencia de género, pero nuestro mayor desafío es cómo llevamos el mensaje. No quiero decir que estemos arriba de ellas. Digo cómo compartir diferentes aspectos y experiencias. Ese es uno de los retos y me parece que sí hay una autocrítica. Obviamente falta mucho trabajo de base y estamos pendientes de eso. Mucha autocrítica y mucho debate sobre dichos aspectos”.

Otra mujer más da su testimonio. Abortó a los dieciocho años. Considera que tuvo suerte, pues consiguió el dinero para realizárselo en un lugar “limpio y que parecía confiable”. Después, usó métodos anticonceptivos otorgados por el Ministerio de Salud. “Hacer que me coloquen ese implante anticonceptivo fue bien complicado, pero se ajusta a la oferta que da el sistema público de salud en general, me imagino”. Es consciente su problema con el dinero estaba más relacionado a su juventud que a otra imposibilidad. Actualmente, ya pasados años y siendo profesional, recaudar ese dinero que le parecía inalcanzable no le causaría molestias. “¿Pero qué sucede con quien no puede por cuestiones económicas?”.

“Yo creo que las feministas que pedimos la legalización del aborto, nuestra consigna no solo debería ser por la legalización del aborto, sino darnos cuenta de estas taras, de estos problemas estructurales que afectarían el hecho de que se dé un aborto seguro y legal, realmente seguro y gratuito. De poder aprobarse, se puede, pero si estos servicios siguen siendo como son y siguen privando a una gran mayoría de salud y educación, entonces es por las puras. Quienes iríamos a abortar a las clínicas, en todo caso seguiríamos siendo las clases medias altas, no las mujeres pobres que son las que mueren al fin y al cabo, que quedan con algún tipo de trauma. Ahí está el tema, no solo ver la legalización, ya que finalmente es una cuestión de fuerzas dentro del Congreso y el Estado. El cambiar ese tipo de modelos de servicios, de distribución es una cosa de mucha más fuerza. Las feministas debemos estar involucradas en eso” expresa Ysabel. El fin ya está quedando claro, se debate la estrategia.

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María Sosa

Periodista que básicamente escucha, denuncia y escribe.