Conflicto interno: Memoria viva

Entre 1980 y 2000, el Perú vivió el conflicto interno, propiciado por el accionar del grupo terrorista Sendero Luminoso y la brutal respuesta por parte de las fuerzas armadas y policiales. En su afán de destruirse mutuamente, ambos bandos desataron un sangriento fuego cruzado que se cobró la vida de cerca de setenta mil civiles indefensos que no entendían qué crimen habían cometido.

Hija de Antonio Najarro, comunero asesinado por una patrulla militar en Parcco (1986)

Mi padre era presidente del poblado de Pumatambo. Había organizado un campeonato entre vecinos para logra fondos y fundar un local comunal que no teníamos. Un 23 de octubre, unos cincuenta soldados llegaron al poblado y detuvieron a los que estaban. A los que no estaban, fueron de casa en casa. A mi tío Manuel Rimón lo sacaron calato de su casa. Se los llevaron a Huaccaña y de ahí a Parcco. También cogieron a un par de ancianos, a la familia Buitrón, entre ellos, dos niños. No solo los asesinaron, también los descuartizaron y los quemaron. Los restos los tiraron a las quebradas de Parcco y Huaccaña. Recién en el 2004 con la fiscal de Ayacucho y con ayuda de todas las instituciones y ONGs de derechos humanos, nos apoyaron para la exhumación de algunos restos de campesinos. Se encontró a mi padre en Mungaspunco, donde estaba aplastado con piedras. Hace tres años, con la ayuda del Episcopado de Lima le hemos dado un entierro digno. Pero nos faltan, porque son doce en total, cinco de Parcco y siete de Pumatambo. Solamente tenemos a cuatro, no completos, son pedacitos, restos. Estamos luchándola, ya hemos construido el mausoleo. En el juicio fueron todos los militares absueltos, habiendo todas las pruebas. Abusaron, cometieron crímenes, aunque sea que pidan perdón a los familiares. Parece que fuera ayer, extraño a mi padre. En cada anciano, veo a mi padre. Yo aceptaría si mi papá habría participado en el terrorismo, pero mi papá era un hombre inocente que se preocupaba por el poblado. Todos los restos que se encontraron allí, eran de personas de la comunidad que estaban trabajando, preparando chicha. Pero militares dijeron que estaban haciendo una escuela popular, es mentira. Yo digo que ya, si habrían estado haciendo eso, los habrían detenido para llevárselos a investigar que estaban haciendo. Pero no, de frente a matarlos como si fueran animales. Tengo siete hermanos que dejaron chiquitos. Mi papá tenía un sueño de educar a sus hijos. Ahora mis hermanos son padres de familia, obreros que tienen que sacarse la mugre todo el día.

Hija de Francisca Castillo Gamboa, asesinada por Sendero Luminoso en Ayacucho (1987)

Yo soy huérfana de papá y mamá. A la edad de ocho años me fui a Lima dejando a mis padres vivos en mi pueblo, en Ayacucho, seis años más tarde volví, en el 1986. Pero en la casa ya no se podía vivir, porque llegaba Sendero o llegaban militares. En eso yo regresé a Lima, con tristeza en mi corazón, porque yo sabía que a cualquiera de ellos lo iban a matar. El 23 de setiembre de 1986 matan a mi papá, los militares y junto a él a mis abuelitos, ancianos y a mis hermanos menores de entre ocho y doce años de edad. Desde ese momento mi vida cambió totalmente, entonces mi mamá como amaba a su esposo y a sus hijos, comenzó a denunciar la muerte de mi padre y Sendero Luminoso amenazó a mi mamá diciéndole: «¿Sabes qué? Tú tienes que dejar a tu esposo y el resto de la familia en nuestras manos. Déjanos a nosotros, nosotros vamos a hacer justicia». Pero mi mamá no dejó de buscar a su esposo. Se fue a Lima a buscar justicia, pero en junio de 1987 mi mamá regresa y en la plaza de mi pueblo Sendero la mató a ella y a mi hermano de diecisiete años. Mi mamá y mi hermano pasaron un día y una noche muertos en la intemperie, en la puerta de la iglesia. Sendero le había dicho al pueblo que tenían que pasar dos días ahí como ejemplo, que a ellos nadie les podía desobedecer, ella les desobedeció y por ese motivo la mataron, pero no tenían que enterrarlos. Aun así, el pueblo hizo enterrar a mi mamá y a mi hermano. Yo no creía en nadie, ni en la justicia, porque no alcanzamos la justicia. Los que hemos quedado vivimos mal, nunca encuentras la paz, siempre piensas ¿Dónde están? ¿Por qué a ellos? ¿Por qué a nosotros? Porque yo tengo un hermano menor al que he criado como a mi hijo a la edad de diecisiete años, y hasta hoy día me dice mamá, pero yo no soy su mamá. A veces tengo pena porque no tenemos padre, madre o hermanos, no estamos completos, nos faltan. Son como diez personas de mi familia a las que han hecho desaparecer de esa manera y es injusto. No tiene nombre lo que yo siento.

Padre de la ex agente de inteligencia Mariella Luz Barreto, asesinada por el Grupo Colina (1997)

Ella tenía un tío que pertenecía al Servicio de Inteligencia y él oyó que se había abierto un concurso para que ingresen mujeres al SIN, cuando ya estaba el gobierno de Fujimori. Pasó el examen y entró como agente de inteligencia, con el grado de suboficial técnico. Su tío la animó para que ingrese y ahí estuvo casi cinco años. Nosotros pensábamos que había ingresado como oficinista en administración, pero después la incluyeron en grupos de reglaje que manejaba Martín Rivas, con el Grupo Colina. A las mujeres más las usan para seguir a ciertos políticos o líderes de trabajadores que mueven masas en contra del Gobierno. A ella la mandaban a hacer reglaje, pero no siempre cumplía porque sabía que eso era peligroso porque tenía que infiltrarse en grupos de terroristas. Yo me percaté en el 1996, entonces yo le dije: Eso te va a traer consecuencias. Más bien yo temía que los terroristas la maten, porque era componente de un grupo militar. Pero resulta que la han matado sus colegas. Eso está comprobado. Las autoridades judiciales la están haciendo larga y también el camino tortuoso para llegar a la verdad. Ella se vio asqueada de todo estando dentro del grupo de inteligencia, asqueada de las matanzas, desapariciones, torturas, de todo. A raíz de eso se descubrieron los crímenes que cometía Martín Rivas, entonces yo vi que para mi hija era un peligro, porque también estaba involucrada en todo lo que estaba pasando. Ella ha intentado salir, buscando otro trabajo, pero entonces contactó con el periodista José Arrieta para darle datos, como era componente del Grupo Colina había visto dónde los habían enterrado y que los habían sacado para enterrarlos en otro sitio, y eso le costó la vida a mi hija. Porque el grupo de inteligencia comandado por Montesinos y otros asesinos planificaron matarla y silenciar lo que había hecho. Pero ya era imposible que se silencie, ya estaba en la prensa, y eso ha sido una venganza del mismo Servicio de Inteligencia contra ella y de su pareja que era Martín Rivas.

Fotos de Jai G. y Alan B.

Madre de Javier Ríos y esposa de Manuel Ríos, asesinados en Barrios Altos por el grupo Colina (1991)

Nosotros vendíamos en la plaza Italia helados, yuquitas, por temporadas. Nos conocían en la comisaría de San Andrés, las Águilas Negras, si nosotros o las familias de la quinta hubiéramos estado metidos en algo de terrorismo, la Policía de ahí se habrían enterado. Las personas que han fallecido ahí, solamente cuatro vivían en la quinta, el resto eran invitados. No era fiesta, no era un baile. Solamente era una pollada para repartir. La actividad se hizo con el fin de arreglar el desagüe. Pero no pensábamos que estas cosas nos iban a ocurrir. Con el fin de hacer un bien, no solamente para mis hijas sino para todo el vecindario. Me duele bastante recordar esos momentos. Es triste ver a mis hijas llorar por su padre y su hermano. No le deseo a ninguna mujer que pase por lo que yo he pasado. He sido muy joven cuando me quedé viuda, a los veinticinco años. Cuando los Colina entraron, nosotros ya estábamos guardando todo, me quedaba entrar con mi esposo, mi hijito se quedó con mi bebé en el cuarto. Escuché que dijeron “Todos los perros al suelo”. Yo pensé que eran terroristas. Me corrí yo sola, yo pensé que todos nos íbamos a correr. Cuando me di cuenta que estaba sola, regresé por mi hijo y no lo dejaban entrar. El señor Pichilingüe Guevara, cuyo rostro no me olvido, me rastrilló la metralleta y me dijo “Vete adentro”. Entré, busqué ayuda en una amiga, una vecina y volvimos. “Señor, mi hijo por favor”. Me rastrillaba el arma de nuevo y nos mentó la madre. La señora entró a su casa asustada y me quedé sola en el callejón. Empezó a sonar toda la balacera, tenía miedo. Cuando tomé valor y salí, vi a la señora Marcela Chumbipuma entrar agachada gateando “¿Qué ha pasado?” le digo. “Balacera, ayúdame” La siento a la señora y empieza a botar sangre. Salgo afuera y no había nadie, todos tirados. La Policía vino a los veinte minutos. Entraban a los cuartos a rebuscar, a ver si encontraban algo. Vi a mi hijo ahí sentado junto a su escoba y pensé que estaba desmayado. Lo abracé y sentí que algo sonaba y le empezó a salir sangre de la frente. “Tu hijo está muerto” me dijo un policía. Mi hijo tuvo siete balas en su cuerpo. Cuando estuvimos en el juicio, me acuerdo que de un tal teniente Portella, cuando la jueza le recriminó por qué tuvieron que matar al niño, este hombre malvado declaró que “Tuvimos que asesinarlo porque vio nuestro rostro y cuando crezca se iba a vengar”. Él no puede poner pensamientos en un niño que solamente tenía ocho años. La crueldad que cometieron con mi hijo y mi esposo es horrible.

Hermana de Irineo Gamboa García, desparecido en una base policial de Parcco (1984)

Mi hermano solo tenía diecisiete años, él estaba acá en Lima. Iba a entrar a hacer servicio militar a la Marina. Pero primero se regresó a Vilcas, a Parcco, para visitarnos por una semana, porque sus hermanos pequeños somos de acá. Para el día su cumpleaños en junio se fue a hacer compras a la feria de Vilcashuamán con mi primo Benjamín Gutiérrez Gamboa, para hacer un almuerzo. En eso, los sinchis (Policía contrasubversiva) lo llevaron al campamento detenido. Y le hicieron firmar un documento diciendo que ambos habían salido a los dos días, que los habían soltado. Cuando fuimos a preguntar nosotros y mi tía, así nos dijeron. Desde entonces, hasta el día de hoy, no sabemos nada de él. No hemos encontrado su cuerpo, nada. Yo era pequeña en ese entonces. Cuando formaron la Comisión de la Verdad, no se llegó a buscarlo a él. Y queremos que otra vez se forme esa comisión para que lo puedan buscar, porque por comentarios, sabemos que hay muchas personas que están enterradas donde fue el campamento de los sinchis, pero hoy día ya no existe ese campamento. Pero como no conseguimos permiso, no nos dejan ir a buscarlo.

Esposa de William Centeno y cuñada de Edgar Centeno, presos muertos en la masacre del penal El Frontón  (1986)

Hasta la actualidad no sé dónde están sus restos. A mi esposo lo detuvieron en la Universidad del Centro de Huancayo y a mi cuñado en la Universidad de Huamanga en Ayacucho. Ese mismo día acusaron a los dos de terroristas, porque encontraron entre sus pertenencias la revista Marka, que en ese entonces era de Izquierda Unida, a mi cuñado. Nada más por eso. A los dos los trajeron acá y los encerraron en la isla El Frontón. Estuvo por gusto encerrado, no había juicio ni nada, lo mataron sin juicio. Lo desaparecieron y hasta hoy no sé nada de él.

 

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Redacción La Plaza

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