[OPINIÓN] Barrios Altos: Cuando el mal pretende justificarse

Tantos años luego de la masacre, pareciera que la memoria colectiva no quiere tener claro lo que ocurrió.  Un crimen perpetrado con olímpico descaro que sigue siendo opacado por la supuesta victoria sobre el terrorismo, política que solo desangró a quienes quedaron invisibilizados entre los dos fuegos y el miedo.

Mucho se ha escrito de lo ocurrido en la cuadra ocho del Jirón Huanta. El pequeño cuerpo de Javier, de ocho años, permanecía inerte, como  si estuviera sentado, con una escoba en la mano, en una esquina de la quinta donde vivía, aquella horrible noche del tres de noviembre de 1991.  El cadáver de su padre Manuel Ríos y los de otras trece personas, entre obreros, heladeros y sus esposas, todos acribillados por las balas que nadie entendía, estaban regados en medio del patio.

Intentar conseguir fondos para arreglar el agua y desagüe de la quinta le costaría caro a Manuel, heladero, quien llevó a cabo una pollada con tales fines en el primer piso. Los efectivos militares del grupo Colina irrumpieron encapuchados a las diez de la noche. En base a sus informaciones,  intuyeron que entre quienes ahí tomaban licor se encontraban colaboradores de Sendero Luminoso, y dispararon a todos los asistentes de la pollada, matando a quince, incluyendo al niño y al padre de éste, y dejando heridos a otros cuatro.

Más de diez años después, el mayor del Ejército Santiago Martin Rivas, líder del destacamento Colina, confesó al periodista Umberto Jara que lo que ocurrió ese día fue el primer paso de la guerra no convencional que Fujimori le encargó desarrollar contra el terrorismo. Su trabajo consistía en matar senderistas usando sus mismos métodos: si en la pollada hay senderistas, pues abren fuego y los matan. Si a alguien más cae, es la cuota de sangre que tendrían que pagar los peruanos para lograr la pacificación.

Douglas Arteaga, conocido como el agente Abadía, otro miembro del Servicio de Inteligencia del Ejército, contó que desde 1989 vivió en la quinta de Barrios Altos para espiar a los heladeros residentes y así determinar que en las polladas que realizaban colectaban fondos con los que financiaban las actividades senderistas, así como hacían proselitismo. Abadía afirma que la supuesta célula del jirón Huanta cometió el atentado contra los Húsares de Junín en 1989, incriminando directamente a Filomeno León, víctima de la masacre de 1991, como jefe de dicha unidad senderista. Desde ese entonces, el agente estuvo infiltrado en el grupo terrorista, informando periódicamente al mando militar y finalmente a los Colina. Martin Rivas también apuntó a Filomeno y a otros tres heladeros como relacionados a Sendero, incluyendo al padre del niño, en las entrevistas posteriores.

“Yo he vivido en la quinta desde que me he casado en 1982. Nosotros vendíamos en la plaza Italia, helados, yuquitas, por temporadas. Nos conocían en la comisaría de San Andrés, las Águilas Negras, si nosotros o las familias de la quinta hubiéramos estado metidos en algo de terrorismo, la Policía de ahí se habrían enterado ¿Dónde vivía el señor Douglas Arteaga? Yo conocí a los pocos vecinos que vivíamos ahí, éramos más que veinte. Yo vivía al fondo, el señor Filomeno vivía a la entrada. Sabía que era un señor que arreglaba cocinas. En la vida sabíamos si el señor estaba metido en algo. Hizo la actividad porque su hermano, que también falleció, tenía siete hijos, muy pequeños. Ese día que pasó lo de los Húsares de Junín, mi esposo y yo trabajábamos en la plaza Italia. Escuchamos una explosión y todos los policías nos dijeron “Vente para acá, no te asustes. Apaga tu cocina chinita” porque estaba vendiendo yuquitas fritas. El señor Abadía dice cosas que no son ciertas” afirma Rosa Rojas, madre del pequeño Javier, quien siguió viviendo en la quinta hasta el 2010.

El día de la matanza, algunos agentes Colina ingresaron antes a la quinta para verificar la situación mientras se desarrollaba la pollada. Cuando ingresaron los militares del escuadrón de la muerte, Martin Rivas le preguntó a Abadía quiénes eran los terroristas que debían matar. “Todos son” fue la respuesta de Arteaga, quien salió corriendo del lugar, mientras los efectivos encapuchados del Ejército descargaron las ráfagas que pasarían a la historia del horror en el Perú. En el suelo quedaron ciento once casquillos de bala, dejados a propósito como inertes testigos del terror que Fujimori empezó a infundir.

“Las personas que han fallecido ahí, solamente cuatro vivían en la quinta, el resto eran invitados. No era fiesta, no era un baile. Solamente era una pollada para repartir. Con el fin de hacer un bien, no solamente para mis hijas sino para todo el vecindario. Me duele bastante recordar esos momentos. Es triste ver a mis hijas llorar por su padre y su hermano. No le deseo a ninguna mujer que pase por lo que yo he pasado. He sido muy joven cuando me quedé viuda, a los veinticinco años. Cuando los Colina entraron, nosotros ya estábamos guardando todo, me quedaba entrar con mi esposo, mi hijito se quedó con mi bebé en el cuarto. Escuché que dijeron “Todos los perros al suelo”. Yo pensé que eran terroristas. Me corrí yo sola, yo pensé que todos nos íbamos a correr. Cuando me di cuenta que estaba sola, regresé por mi hijo y no lo dejaban entrar. El señor Pichilingüe Guevara, cuyo rostro no me olvido, me rastrilló la metralleta y me dijo “Vete adentro”. Entré, busqué ayuda en una amiga, una vecina y volvimos. “Señor, mi hijo por favor”. Me rastrillaba el arma de nuevo y nos mentó la madre. La señora entró a su casa asustada y me quedé sola en el callejón. Empezó a sonar toda la balacera, tenía miedo. Cuando tomé valor y salí, vi a la señora Marcela Chumbipuma entrar agachada gateando “¿Qué ha pasado?” le digo. “Balacera, ayúdame” La siento a la señora y empieza a botar sangre. Salgo afuera y no había nadie, todos tirados. La Policía vino a los veinte minutos. Entraban a los cuartos a rebuscar, a ver si encontraban algo. Vi a mi hijo ahí sentado junto a su escoba y pensé que estaba desmayado. Lo abracé y sentí que algo sonaba y le empezó a salir sangre de la frente. “Tu hijo está muerto” me dijo un policía. Mi hijo tuvo siete balas en su cuerpo”.

La comisión parlamentaria que investigó el caso se desactivó cuando Fujimori disolvió el Congreso al año siguiente. Las denuncias del caso La Cantuta formuladas en el Congreso en 1993 por Henry Pease condujeron a la identificación en los medios de comunicación de Martin Rivas y el grupo Colina ese mismo año. Lo más descarado fue que los generales del Ejército en su conjunto y obviamente el mismo presidente llamaron a esto una absurda campaña para desprestigiar al Ejército, y cerraron filas hasta el final para negar la existencia de este escuadrón de la muerte. Por supuesto, cuando en pocos meses se demostró su culpabilidad, los esbirros fueron encarcelados.

Pero la Ley de Amnistía promulgada por los parlamentarios fujimoristas en 1995 liberó a los agentes perpetradores de crímenes de lesa humanidad, según los ellos para reconciliar el país. A la caída de Fujimori, el Estado peruano les concedió una indemnización a los deudos y sobrevivientes, por un monto de 3,3 millones en total. En el 2002, Martin Rivas fue recapturado por la Policía, así como sus compinches. Abadía fue detenido al año siguiente.

En el 2003, las investigaciones de la Comisión de la Verdad desestimaron el testimonio de Abadía que señalaba la pollada como una actividad terrorista y se determinó que ninguna de las quince víctimas tenía filiación alguna con Sendero Luminoso. Actualmente, Martin Rivas purga una condena de veinticinco años de prisión.

“Cuando estuvimos en el juicio, me acuerdo que de un tal teniente Portella, cuando la jueza le recriminó por qué tuvieron que matar al niño, este hombre malvado declaró que “Tuvimos que asesinarlo porque vio nuestro rostro y cuando crezca se iba a vengar”. Él no puede poner pensamientos en un niño que solamente tenía ocho años. La crueldad que cometieron con mi hijo y mi esposo es horrible” comenta indignada Rosa Rojas.

Fotos de Alan B.

Al caminar por la quinta, tantos años después, no se encuentra mucho en esos muros que recuerde la matanza. Los familiares de las víctimas ya no viven ahí y los pocos testigos que aún continúan habitando el lugar no quieren hablar. El decadente piso sucio y raído del patio que se reconoce en las fotos de la masacre es el mismo con el que uno se topa hoy, tan descuidado como el recuerdo de una época que enlutó a todos. “Todos los años vienen a grabar algo, ya estamos acostumbrados” dice el amable señor que abre la puerta.

Fujimori acabó con el terrorismo, ése es el principal argumento que la mayoría de peruanos escucha si preguntan por algún supuesto mérito de la dictadura fujimorista. Sendero ya no es ni la sombra de lo que fue en esos años, pero el Perú sigue siendo un país inseguro. Se dice que logró la pacificación, pero nadie recuerda que no solamente aplicó abiertamente una estrategia de dispararle a todo lo que se mueva, sino que también desarticuló al GEIN, el cuerpo policial que le robó cámara al capturar a Abimael Guzmán sin pedirle permiso.

Terrorismo de Estado: Se define como el uso del terror contra la población por parte de un gobierno para intimidarlo y conseguir sus fines. Eso fueron los noventa. Fujimori aterrorizó a los peruanos. Mató al igual que Sendero, pero hizo que le temieran más a Abimael para que la opinión colectiva lo perdonase a él. Prometió la paz, pero no dijo que ésta se pagaría con la sangre de inocentes. Ahora, sus descendientes proponen lo mismo a los más jóvenes, la generación olvidadiza.

“Hay una noción de bien común, una noción de seguridad entre los seres humanos que obliga a que los individuos renunciemos a alguna parte de nuestros derechos”

Martha Chávez, congresista fujimorista, justificando la barbarie

No es difícil escuchar a algún adepto suyo justificar sus actos. “Era lo que se necesitaba hacer”, “Los terroristas nos tenían cercados”, “Así y todo se les logró derrotar”, “Fueron errores”. Es exactamente lo mismo cuando un policía antidisturbios explica el motivo por el que golpea estudiantes: “Sólo hago mi trabajo”. Las personas escogen cambiar su condición de personas libres por algo de seguridad. Y eso mismo ocurre ahora con la paranoia colectiva por la delincuencia.

Entre las imágenes televisivas del atentado de Tarata, resalta la de un sobreviviente de mediana edad que afirmaba resignado frente a cámaras en 1992: “Cómo quisiera matar a todos los de Sendero Luminoso”. Sus ansias de pagar la violencia con una cuota igual o mayor de violencia hace recordar a quienes piden linchar a los delincuentes que hoy hacen temer a los limeños salir a las calles. Y lo que va a hacer el gobierno para calmar esa sed de venganza, es lo mismo que hizo Fujimori ante el clamor popular de acabar con los senderistas: matar a todos a ver si hay suerte y las balas también impactan en algún indeseable.

Los peruanos no se podrán reconciliarse consigo mismos como sociedad si pretenden olvidar lo que ocurrió. Si se hace como que no hubiera pasado nada y se cometen los mismos errores. Si quieren negar que pasó algo que ennegreció los corazones y dividió a todos como personas. Si quieren justificarlo diciendo que quienes pagaron el miedo con su sangre se lo tenían merecido porque tal vez, de repente, a lo mejor, eran terroristas, mientras los verdaderos terroristas se ríen de la historia. Es cierto que Fujimori, Montesinos, Martin Rivas y Abimael Guzmán están en la cárcel, pero eso aún no sutura las heridas que dejaron.

Es cierto que el origen humilde de quienes se convirtieron en víctimas del conflicto interno, los hace invisibles ante la prejuiciosa opinión pública. Una atmósfera de otredad impide a muchos limeños sentirse identificados con su sufrimiento. La indiferencia ante aquellos a quienes las cámaras no enfocan calma la conciencia de quienes apoyan o callan ante la política criminal de un gobierno. Tan invisibles para Lima eran los humildes vecinos del jirón Huanta, como son los indígenas de Bagua, los campesinos del valle del Tambo o de Las Bambas.

Y así es que se pretende imponer orden para superar las fracturas sociales, los conflictos como la comunidad inconclusa que es el Perú. La falsa seguridad que parece ofrecer el despliegue de uniformes y botas nunca será suficiente para que los peruanos se entiendan a sí mismos como una sociedad divorciada de sus propias contradicciones, de sus históricas deudas consigo misma.

A modo de colofón, el relato del frustrado intento de entrevistar a Tomás Livias, otro sobreviviente de Barrios Altos, viudo de Marcela Chumbipuma: en una silla de ruedas, vendiendo golosinas en el emporio comercial de Gamarra, pidió por favor que no le pregunten del tema, ni que le tomen fotos. Su triste mirada al vacío impide insistirle. “Terrorista conchetumadre, te tocó tu hora” le dijo uno de los asesinos antes de dispararle y cambiar su historia para siempre, al igual que la de todos.

Fotos de Alan B.

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Alan Benavides

Terminé Periodismo, fotografío protestas y escribo sobre conflictos sociales. No me gusta ningún gobierno, ni autoritarios ni represores, ni ningún poder económico.