¡¡¡Infiltrados!!!

Gente con el rostro cubierto que no duda un segundo en golpear con palos a los agentes del orden, en lanzarles lluvias de piedras, en arrancar adoquines de la acera para usarlos como arma y dejarlos desperdigados por las calles, en destrozar cajeros bancarios y quemar bolsas de basura para bloquear la pista. Los gritos de «¡Infiltrados!« no tardan en escucharse. Corre el rumor de infiltrados violentistas o policías de civil en las marchas (los llamados terna en Perú) para incitar a la violencia que justifique la represión. Ésta es una práctica extendida en el mundo, pero no es tan común como pudiera parecer. Lo cierto es que existen grupos de autodefensa que pertenecen a la sociedad civil y que utilizan la acción directa en manifestaciones, a riesgo de ser estigmatizados por todos.

Estos grupos se guían por la legitimidad que les otorga el haber sufrido la violencia policial y estatal con anterioridad, como por ejemplo, hacer una barricada de fuego para detener el paso de las fuerzas policiales que ya han disparado gas lacrimógeno y amenazan con detener a los manifestantes por haber invadido la carretera o no haber pedido permiso para realizar su protesta. Pero no solamente constituyen violencia estatal los golpes y disparos de las fuerzas del orden. La mayoría considera que las políticas económicas que excluyen a las grandes mayorías, las políticas laborales que minimizan al trabajador a la condición de recurso prescindibles y también los medios de comunicación que sirven para inyectar morbo y desinformación a la opinión pública, son efectivamente formas más sutiles de violencia que ejerce el sistema político contra los más desposeídos y en general contra todos.

Pero, para entender la autodefensa, hay que entender su origen, que se puede remontar hasta la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial y los grupos armados de guerrilla de la resistencia antifascista, llamados maquis, ex milicianos españoles autoexiliados que decidieron continuar la guerrilla en los montes. Estas agrupaciones combatientes conformadas por comunistas, socialistas y anarquistas lucharon durante años, desde 1939 hasta principios de los años sesenta, con la intención de recuperar la democracia en España. Tuvieron un papel fundamental en la retirada de las fuerzas nazis de Francia, ya que estos combatientes se unieron a la Resistencia francesa con el objetivo común de acabar con el fascismo. Aunque el último maqui cayó en el año 1963 en las montañas catalanas, sus herederos prácticos no tardaron en aparecer.

Estos sucesores fueron los protagonistas de los Años de Plomo en Italia durante la década de los sesenta y setenta. El enemigo ya no era un ejército comandado por un megalómano genocida extranjero, escenario en el que todos estaban de acuerdo en detener con una respuesta contundente. Se vivía en un clima de enfrentamiento entre un gran sector del pueblo y sobre todo de la juventud italiana contra un sistema político y económico que los asesinaba, oprimía y criminalizaba. Si bien es cierto que tomaría mucho tiempo explicar el complejísimo escenario político y social de aquellos años, el inicio se puede marcar en el atentado de la Piazza Fontana, en Milán. Este atentado terrorista fue inicialmente atribuido a los anarquistas, aunque muchas pruebas demostraban que era una acusación insostenible. Más adelante se demostró que fueron militantes de la extrema derecha, cuyas condenas fueron revocadas. Nadie fue declarado culpable finalmente por el ataque. En aquel momento ya surgieron voces afirmando que se trataba de algo aún más turbio: la Operación Gladio. Una terrible alianza entre la CIA estadounidense y la inteligencia italiana, que se dedicó a crear un clima de caos, con la intención de que hubiese una escalada de violencia y poder intervenir de forma violenta para detener el avance de las tesis libertarias autogestionarias y del comunismo. No es difícil ver la similitud entre la Operación Gladio y la Operación Cóndor, el plan de Estados Unidos para controlar políticamente América Latina.

Entonces se empezaron a poner en práctica formas de resistencia activa, llamadas acción directa, como el impago generalizado y organizado de importes abusivos, ya fuese por el alquiler de un departamento, la comida en un supermercado o incluso la entrada al cine. Esto era un grave problema para el poder, especialmente en el contexto de la guerra fría, donde todo lo social olía a estalinismo para los Estados Unidos. Durante estos años, la autodefensa ni tan solo se discutía, era sencillamente ley. Tanto el asalto de grandes cadenas de alimentos como el enfrentamiento directo contra los antidisturbios, eran una práctica común llevada a cabo por vecinos enfadados que vieron que por primera vez equiparaban su fuerza a la del Estado. Pero igual que en la Operación Cóndor, Gladio pudo más, y fue en gran parte gracias al denominado Teorema Calogero. El juez Calogero dio nombre a esta teoría, que se basaba en que cualquier tipo de insurrección en Italia estaba vinculada a un supuesto partido violentista que nunca existió. Esto permitía a la prensa criminalizar cualquier tipo de resistencia, diciendo que formaba parte de un plan de ascensión al poder y que no respondía al malestar social. Es fácil entender este teorema cuando las portadas de los periódicos peruanos dicen que el Movadef o Sendero Luminoso está detrás de organizaciones como la Federación Estudiantil de San Marcos, los espartambos de Tía María o los ataques al local del Apra del pasado jueves veinticinco de febrero.

Fotos de Jai G. y Alan B.

Durante la misma época, surgieron otros grandes íconos de la autodefensa, que los medios y libros de historia se han encargado de tergiversar para absorber su discurso: Malcolm X y Martin Luther King Jr. Después de sus asesinatos, la autodefensa que predicaron inspiró la creación de los Black Panther en Estados Unidos, un grupo que también fue ampliamente criminalizado por sus métodos.

«El motín es el lenguaje de los no escuchados» dijo Martin Luther King Jr. Reconocido por la historia como pacifista, defendió el derecho a la autodefensa y vio el poder de la protesta como herramienta de presión. «No voy a aconsejarle a nadie que use métodos violentos. Pero cuando nos atacan tenemos el derecho de defendernos. El primer deber de una persona es proteger su vida» dijo Malcolm X y por ello fue asesinado. Resultaría casi imposible refutar las palabras de Malcolm X, pues es lógico pensar que tenemos derecho a defender nuestra vida cuando somos atacados, por ejemplo, por un asaltante en nuestra propia casa o por un violador en la calle. Está en nuestra Constitución, en el artículo 2, inciso 23: Toda persona tiene derecho: a la legítima defensa.

Un ejemplo muy citado sobre la autodefensa es el movimiento zapatista de Chiapas ( nombrado así por el líder revolucionario mexicano Emiliano Zapata). Surgido en sí como una guerrilla de izquierda a principios de los noventas, se apoya en los principios anarquistas de autoorganización y defensa del pueblo contra el gobierno, en ese entonces liderado por el neoliberal Carlos Salinas, así como un componente indigenista y de respeto a la naturaleza. Además de marcar la horizontalidad entre sus miembros combatientes, mediante el uso del pasamontañas que los iguala en la lucha como un integrante más, han establecido en sus zonas de influencia una democracia participativa con la población, libre de las taras de la sociedad moderna como el narcotráfico y la especulación con el trabajo ajeno. Los subcomandantes no son jefes militares, sino personajes que sirven como portavoces ante los medios de comunicación y son interpretados por distintos miembros de la guerrilla sin mostrar el rostro. Desde luego, han deslindado con grupos terroristas latinoamericanos, negándose a atacar civiles en sus enfrentamientos contra el ejército mexicano. Al margen de sus propuestas políticas, la imagen de ser un frente que contrarresta la represión estatal hacia los campesinos los ha puesto en el pedestal de muchos adeptos modernos a la autodefensa.

A partir de los años ochenta, surgió el anarquismo insurreccional, cuya consecuencia más conocida es el fenómeno Black Bloc, nacido en medio de las protestas europeas antiglobalización, más concretamente en Italia. Es una de las formas modernas más organizadas de resistencia y autodefensa por parte de la sociedad civil frente a las agresiones de los policías antidisturbios. Formaciones cerradas de hombres y mujeres de negro ya son conocidas por entrar en acción cuando la represión uniformada se inicia. Pero también acostumbran atacar símbolos del sistema económico y político, como agencias bancarias, tiendas de grandes marcas, y realizar pintas con aerosol a su paso por las calles, lo cual es una clara muestra contestataria de indignación popular, pero que aún no termina de ser digerida por la opinión pública, que lo equipara con vandalismo.

Las protestas de Seattle en 1999 y en Génova, dos años después, fueron los que catapultaron al mencionado bloque negro a los titulares, donde irrumpían en medio de los grupos pacifistas para chocar abiertamente contra la Policía y atacar cualquier institución estatal o que represente a los países poderosos que se reunieron esos años en dichas ciudades. Por su puesto, su violencia autoorganizada no se dirigía contra civiles ni tampoco contra pequeños negocios familiares, sino contra el sistema neoliberal que ya está en sus últimos estertores. Al parecer, de momento han tenido mayor aceptación en países europeos con crisis económica y fuertes conflictos sociales, como España y Grecia, este último donde destacan por el hábil uso masivo de bombas molotov. En la península ibérica, los pueblos mineros han sabido también organizar muy bien la autodefensa para defender sus huelgas, llamando la atención por el uso de lanzagranadas caseras.

En Lima, los adeptos al bloque negro local han sabido reproducir estas prácticas de autodefensa y respuesta al accionar policial en las últimas movilizaciones, en especial luego de las protestas contra la denominada Ley Pulpín. Pero quienes se llevaron toda la atención mediática fueron los míticos espartambos, hijos de los campesinos del pueblo arequipeño de Cocachacra, quienes formaron una eficiente unidad con escudos y hondas que mantuvo en vilo a las fuerzas policiales durante mayo del 2015, para evitar la implementación del proyecto minero Tía María. Fue inevitable que se conviertan en la inspiración para los manifestantes urbanos, quienes muestran particular solidaridad con los conflictos mineros del interior del Perú.

La denominada cultura capucha, así como en general toda la parafernalia de los bloques críticos de choque contra las fuerzas del orden en las manifestaciones, van desde las prendas oscuras, pasando por las botas militares, hondas, escudos caseros, máscaras antigás y guantes de obrero para recoger las lacrimógenas. Pero lejos de lo que podría parecer una moda derivada del punk, se trata de una adecuación a las condiciones físicas de lucha social donde la tecnología policial de represión es la que marca la pauta. Desde luego, la apariencia de los protestantes que asumen la tarea de la autodefensa es malinterpretada por los medios de comunicación y por el público apolítico como intimidante y violenta.

El uso del rostro cubierto es la imagen más icónica del bloque negro, siendo también la que resulta más perturbadora por los desconocedores de este movimiento. «¿Por qué te tapas el rostro? ¡Cobarde!» les gritan los despistados y los mismos policías. Esos uniformados que no solamente cuentan con el aval del Estado para ejercer la violencia, sino que también se niegan la mayoría de veces a llevar el gafete con su apellido en el uniforme, y también se tapan la cara, bajo el pretexto de que su  trabajo es peligroso. Pues aún más riesgoso es para los manifestantes asiduos exponer su identidad, puesto que incluso los protestantes más pacíficos, pero que no dejan de asistir a ninguna marcha, son rápidamente identificados y luego intimidados por los agentes del orden. La más elemental experiencia en protestas aconseja no descubrirse el rostro si los protestantes quieren evitar estar cada vez más vigilados.

Pero más allá de lo práctico que puede resultar ir preparado a una marcha de protesta, en realidad sí existe un derecho legítimo a la autodefensa por parte de quienes ejercen la libre expresión al salir a gritar sus derechos a las calles. La defensa de los cuerpos (y en el caso de las protestas medioambientales, también de los territorios) no es excluyente del origen de la agresión, así provenga del poder estatal que se apoya en la representatividad que esa misma población golpeada y gaseada en teoría les ha confiado.

Enfrentamientos entre jóvenes y la Policía durante las protestas contra el TPP en Lima

Los manifestantes detenidos por los policías son acusados por destrucción de la propiedad pública y privada, vandalismo, agresión física a los agentes y hasta crimen organizado y terrorismo en diferentes casos. No hace falta curtirse en más de un par de protestas para percatarse que muchas de estas acciones violentas, que son ciertas, son cometidas en esforzados intentos por repeler el ataque de los uniformados o incentivados por la indignación que genera la represión. La saña con la que los policías son golpeados cuando son alcanzados, proviene de aquellos activistas que han sido testigos o han sufrido en carne propia la arremetida de las botas policiales contra los manifestantes indignados.

Las fuerzas policiales son el primer elemento del Estado contra el cual se ven enfrentados los activistas políticos en cualquier situación violenta, al ser los agentes designados para ejercer la represión. Si bien este conflicto social, entre quienes defienden los derechos de todos y los uniformados, genera un resentimiento entre ambos bandos que se ve reflejado, por ejemplo, en epítetos como «revoltosos», «violentos» hacia los manifestantes y «perros del gobierno», «asesinos» hacia los policías, lo cierto es que es el Estado el que con sus políticas pone a ambos en orillas distintas del enfrentamiento, desvirtuando sus funciones originales, las cuales son canalizar las demandas populares por un lado y supuestamente preservar la seguridad ciudadana por el otro. Un ejemplo claro es la cantidad de policías destinados a las zonas de conflicto social por la minería, los cuales exceden a los que combaten la delincuencia en San Juan de Lurigancho o en el Callao.

Pero tal vez, lo más importante sea entender que no hay nada más absurdo y verdaderamente alejado de la realidad que pensar que quienes inician la violencia son infiltrados. Decir eso, es caer en una estrategia propagandística creada en los años setentas, que a estas alturas debería estar obsoleta desde hace mucho tiempo. Si bien en el Perú el argumento de operativos secretos para crear disturbios se reforzó con el trágico incendio del Banco de la Nación durante la Marcha de los Cuatro Suyos en el 2000, en el cual los sectores más derechistas del antifujimorismo culparon a los agentes del Servicio Nacional de Inteligencia, no hay evidencia para creer que esta práctica se haya repetido luego de caída la dictadura de Fujimori y Montesinos.  Se acusó a los espartambos de ser infiltrados a sueldo o a los pulpines de dejarse influenciar por grupos violentistas, pero es fácil ver la indignación de estos jóvenes y después de los antecedentes consultados, una respuesta agresiva es tal vez lo único que consiguió que se parase el proyecto Tía María o la Ley Pulpín.

Puede que el franquismo ganase, que la Operación Gladio acabase con los Años de Plomo, o que Malcolm X fuese muerto, pero los herederos de la autodefensa legítima siguen luchando y, muchas veces, consiguiendo resultados. La tesis de que la violencia deslegitimiza la protesta se cae por su propio peso: la lucha por la jornada de ocho horas, el reconocimiento de derechos de los negros y los homosexuales o el voto femenino estuvieron bañadas de sangre. Los mártires de Chicago, ahorcados, Martin Luther King Jr. y Malcolm X entre otros hombres y mujeres negros asesinados, la encarnizada batalla de Stonewall que cada año recordamos en el Día del Orgullo LGTBI o las palizas entre policías y mujeres sufragistas, son sólo los ejemplos más conocidos.

Si bien es el diálogo el que permite a los seres humanos comprender sus diferencias, también es cierto que la determinación a luchar contra la opresión hasta las últimas consecuencias es la que ha forjado los cambios sociales realmente significativos. En todos esos procesos, ha sido común la criminalización por parte del Estado y la estigmatización social a quien se decida a responder a la agresión violenta del poderoso con resistencia también violenta. Y en todos esos casos, el transcurrir de las décadas los despojó del epíteto de vándalos para concederles el estatus de protagonistas del cambio social. Se espera que lo mismo digan los libros de historia de los espartambos y de los infiltrados.

Fotos de Alan B.

Redacción La Plaza

Colectivo de periodistas independientes que, sabiendo lo que nos espera, no tenemos reparo en enfrentarnos al excluyente sistema económico ni al represor sistema político.